viernes, 4 de noviembre de 2011

La guerra de troya: Paris en Esparta.

Menelao y su hermano Agamenón, eran llamados los Átridas, es decir, los hijos de Atreo. Eran descendientes de una familia real castigada por la desgracia y el horror: el último de ellos, cometido por Atreo, que ultrajado por su hermano Tiestes, le invitó a una cena en la que para el plato sorpresa cocinaron a los dos hijos de éste. Tiestes se los comió sin sospechar nada y al llegar los postres le presentaron en una bandeja las cabezas de sus dos retoños.
Con un padre así imaginaos como saldrían los hijos. En verdad Menelao y sobretodo Agamenón, consiguieron que todos los caudillos y reyes del continente griego se pusieran a su servicio.
Pues bien, Menelao se limitaba seguir las instrucciones de Agamenón en lo que respectaba a la política, siendo su mayor conquista Helena, su mujer, que había sido pretendida por los más ilustres héroes y reyes de Grecia pero que él, pese a su mediocridad, había conquistado.
Helena era la hermana menor de Cástor y Pólux, dos héroes, ya fallecidos, que se embarcaron junto a Jasón en la nave Argos. También tenía una hermana, Clitemnestra, casada con Agamenón.
Ya desde la tierna infancia destacó por su belleza y cuando apenas tenía doce años fue raptada por Teseo, que entonces, según escribe Plutarco, ya era un cincuentón. Dejó a la niña en una aldea cercana a Atenas, hasta que sus hermanos Castor y Pólux dieron con ella y, tras combatir con sus guardianes, la llevaron de regreso a su casa.
La niña empezó a convertirse en mujer y el número de pretendientes crecía a cada día que pasaba. Así, cuando llegó la hora de buscarle marido, ya había oficialmente treinta y seis candidatos esperando su elección, algunos de ellos tan ilustres como Ayax, Diomedes, Filoctetes, Menelao, Patroclo y Ulises.
Mientras esperaban la decisión de Helena, trabaron una amistad entre ellos que decidieron reforzar con un juramento: independientemente de quien fuera el afortunado, el resto de los pretendientes acudiría en su ayuda en caso de surgir algún problema con Helena.
Como ya hemos dicho, Helena se decidió por Menelao y, tras la boda, se trasladó a Esparta junto a su marido, donde vivió una vida tan cómoda como aburrida, preguntándose en sus meditaciones más íntimas porqué había escogido a Menelao como marido.
Pero retomemos el hilo de la historia: Paris, tras agasajar a Menelao con los más lujosos presentes, es invitado a una cena en el palacio real. Menelao lo hace sentar a su mesa, la más importante de cuantas había en el gran salón del palacio, a su lado izquierdo, mientras que a su lado derecho deja un asiento vacío. Entonces aparece Helena, ante la admiración de todos los comensales, igual a una Diosa, y sus miradas, por primera vez, se cruzan. Este es un instante histórico, unos segundos que marcarán el futuro, una guerra que acabará con la vida de los mejores guerreros y supondrá prácticamente el fin de la edad de los héroes.
Efectivamente, algo se enciende en los pechos de los jóvenes con solo verse, una atracción que los poetas intentarían explicar como un deseo encendido por los Dioses, algo que les haría huir, de noche, del palacio y de Esparta. Empezaba la guerra, pero ellos aun no eran conscientes de ello.
Menelao y el resto de comensales quedaron encantados por la buena presencia y encanto del hijo de Príamo, y le rogaron que pasara una temporada en la corte a lo que Paris , naturalmente, aceptó encantado. Los primeros días en Esparta no fueron propicios para que la joven pareja pudiera encontrarse, ni siquiera en la sombra de la noche, ya que Menelao estaba encantado con su nuevo invitado y requería constantemente su presencia. Pero, un tiempo después, se presentó una oportunidad para Paris: Menelao debía partir para Creta, y le rogaba que mientras durase su viaje permaneciera en Esparta , cosa que el troyano aprovechó para poner rumbo a su tierra llevándose consiguó a Helena.
Menelao, de vuelta de Creta, al enterarse del rapto de su mujer, montó en cólera y prometió venganza, pero cuando supo, a través de testigos de la huída, que Helena había abandonado Esparta voluntariamente por amor hacia Paris, se desinfló y ya nada le importaba. ¿Para que ir tras Helena si ésta le había traicionado?, además, no se le escapaba que Troya contaba con un ejército poderoso comandado por un hijo de Príamo, un tal Héctor, del que decían no había otro igual dirigiendo a sus hombres ni en la lucha cuerpo a cuerpo.
Aun así, la notícia de la huída llegó a oídos de Agamenón, su hermano mayor. Éste, que había conseguido ser rey de reyes, podía convocar y reunir los distintos ejércitos de Grecia siempre y cuando tuviera para ello una buena causa. Troya suponía un botín formidable, a medida de su ambición, pero la buena labor diplomática llevada por Príamo durante años había conseguido que los reyes de Grecia sintieran simpatía por la ciudad de ultramar. Ahora se presentaba una oportunidad y Agamenón, que tenía de todo menos escrúpulos, hizo ver a su hermano Menelao que tal afrenta a su honor no podía ser olvidada y que él estaba dispuesto a liderar una expedición contra los troyanos para librarle de tan gran deshonor. Menelao, como siempre había hecho, se dejó llevar como un corderito, y puso la venganza en manos de su hermano.
AgamenónMenelao, que se había tomado esa promesa un poco a la ligera, empezó a sospechar del ardor que ponía su hermano por ayudarle.

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